Coordinación: la infraestructura que aún nos falta
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¿Qué capacidad necesita desarrollar un país para seguirle el ritmo a la tecnología? Antes que la inversión, el talento o la regulación, aparece la que hace posibles a todas: la coordinación.
¿Qué capacidad necesita desarrollar un país para seguirle el ritmo a la tecnología? Antes que la inversión, el talento o la regulación, aparece la que hace posibles a todas: la coordinación.
El embajador Ulises Canchola Gutiérrez , representante especial para Tecnologías Emergentes de la Secretaría de Relaciones Exteriores, propone en la Revista Mexicana de Política Exterior dos conceptos que apuntan en esa dirección. El primero es la asincronía político-tecnológica: la tecnología avanza a una velocidad y la madurez institucional para responderle, a otra. El segundo es la fragmentación: las respuestas se dispersan en agendas, instancias y voces que avanzan por separado. Si ambos fenómenos describen este momento, vale preguntarse dónde se manifiestan con más fuerza y qué nos exigen.
El fraude digital ofrece una respuesta. Ahí, la distancia entre lo que la tecnología permite y lo que las instituciones alcanzan a detectar se mide en patrimonio perdido, en una confianza digital que se desgasta cada día y en personas que aprenden a sospechar de cada mensaje. Los ciberdelincuentes combinan ingeniería social, telecomunicaciones, plataformas digitales, sistemas de pago e inteligencia artificial, y mueven todas esas piezas a la vez, por encima de fronteras y jurisdicciones. Su ventaja es organizativa: funcionan como sistema.
Por eso coincido con el embajador en que estos retos ya no pueden atenderse solo desde la política pública; exigen también una mirada de seguridad nacional e internacional. La tecnología dejó de ser únicamente una herramienta: hoy define realidades y se instala como instrumento de poder.
Esa observación cambia la forma de plantear el problema. Si la fuerza de los ciberdelincuentes está en su capacidad de articularse, la respuesta también debe articularse. Cada institución que protege a las personas ve solo una parte del recorrido: el sistema financiero registra la transferencia; las telecomunicaciones, la llamada; las plataformas, el contacto; las autoridades, la denuncia. La información para anticiparse existe, pero está repartida, y solo se convierte en protección cuando se pone en común. Como dice el lema de GASA: a una red solo se le combate con otra red.
México tiene con qué hacerlo. Fue el primer país de la región en crear una figura diplomática dedicada a las tecnologías emergentes. Y el sector privado se organiza: en el Capítulo México de la Global Anti-Scam Alliance colaboran bancos, redes de pago y empresas tecnológicas junto con autoridades financieras, organismos internacionales y la propia cancillería. La voluntad de trabajar en conjunto está en ambos lados de la mesa.
Para que esa voluntad se traduzca en un sistema, hacen falta tres cosas:
Que sea la cancillería quien encabece esta convocatoria dice mucho del momento que vive México. La SRE entendió antes que muchos que la tecnología redefine la seguridad y la política exterior. Al reunir en una misma mesa a bancos, empresas, reguladores y organismos internacionales, coloca la protección frente al fraude en el lugar donde el país define su presencia en el mundo. Esa convergencia es, en sí misma, la respuesta a la fragmentación.
La tecnología seguirá acelerándose, y la asincronía se cerrará en la medida en que las instituciones aprendan a moverse al mismo tiempo. Esa capacidad no se decreta: se construye en espacios concretos, con personas que deciden sentarse juntas. El 14 de octubre, ese espacio será la cancillería. ¿Queremos que México marque el paso de la tecnología o que siga persiguiéndolo? Quienes elijan lo primero tienen un lugar en el Foro.
Sissi De La Peña es directora del Capítulo México de la Global Anti-Scam Alliance (GASA).