Emprender con un ingenuo aire de certeza

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La certeza sobre el resultado es un pronóstico y los pronósticos fallan; la certeza de que seguirás ahí es lo que te permite encajar los golpes de emprender. The post Emprender con un ingenuo aire de certeza appeared first on Entrepreneur en Espanol .

¿Cuántas pruebas necesitas para hacer algo que a todas luces parece una idiotez de patente?

Algunos, ninguna.

Era 2013. Acababa de nacer mi segundo hijo. Mis cuentas estaban en rojo y los ahorros no existían. Vivíamos en una casa a medio terminar, con cuartos sin piso ni muebles, y el auto nos quedaba minúsculo para la nueva realidad.

Lo único que no encajaba en ese escenario de crisis era mi sonrisa.

Estaba por lanzarme a emprender en una industria que no conocía. Cero datos, cero pruebas. Solo una seguridad que me quemaba: no iba a fallar.

Un ingenuo aire de certeza.

Mi primera empresa nació de la pura ignorancia, y la inseguridad no tardó en aparecer. La segunda brotó con tanto miedo como necesidad, justo cuando llegó mi primer hijo.

Ninguna brilló por su abundancia. Ni de dinero, ni de fe.

En la tercera me planté en la caja de bateo con una convicción absurda: esta vez la sacaba del estadio.

Recluté a un buen socio y arrancamos con su inversión inicial, en un giro nuevo para mí: de tecnologías de la información a financiamiento empresarial.

¿Por qué no?

Calculé tres meses para cerrar el primer negocio y salir del bache. Lo curioso: ese número solo me sirvió para firmar el acta constitutiva. Después lo enterré.

La realidad fue aplastante: ocho meses para cobrar un peso.

Ocho meses con un bebé en casa y los saldos asfixiados.

Y, aun así, a diferencia de las primeras dos veces, la duda nunca se asomó.

Problemas sobraban. Preguntas, todas las del mundo. ¿Inseguridad sobre el resultado? Ninguna.

Ese tercer emprendimiento funcionó.

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Hasta aquí la historia que te contaría cualquiera que la libró.

El problema es que quienes no la libraron también tenían esa certeza. Suficiente para invertir e invertirse.

Hace casi cuatro décadas, tres investigadores encuestaron a casi 3,000 personas que acababan de abrir un negocio. El 81% calculaba sus probabilidades de éxito en siete de diez, ¿o más. Una de cada tres se daba un diez de diez.

En México, un negocio nace con una esperanza de vida de alrededor de ocho años . Entre los más pequeños, cuatro de cada diez no llegan a su primer cumpleaños.

O sea: mi sonrisa era el estándar de la industria.

Y hay algo peor. Un estudio con más de 200 personas que fundaron empresas encontró que, a mayor optimismo, peor crecimiento en ventas y empleo. El efecto se agravaba en quienes ya traían varios negocios fundados en la espalda.

Yo iba por el tercero.

Según los números, me tocaba estrellarme.

Entonces, ¿por qué funcionó?

La respuesta está en esos ocho meses.

Mi pronóstico falló por casi el triple. Si mi certeza hubiera dependido del calendario, me habría quebrado en el mes cinco.

Pero mi certeza nunca fue sobre la fecha. Fue sobre mí.

No sabía cuándo. No sabía cómo. Sabía que no me iba a bajar del barco.

Martin Seligman midió algo parecido con agentes de seguros, el oficio del “no” constante. Lo que predijo quién vendía más fue cómo se explicaba cada uno sus rechazos. Quienes veían cada “no” como algo pasajero y específico vendieron 37% más en sus primeros dos años. Quienes lo leían como permanente renunciaban más.

Ahí está la trampa: usamos la misma palabra para dos cosas opuestas.

La certeza sobre el resultado es un pronóstico, y los pronósticos fallan.

La certeza sobre ti es otra cosa. Es una manera de encajar los golpes.

Quien emprende pendiente de la fecha se rompe cuando la fecha no llega. Quien confía en seguir ahí convierte cada retraso en información.

Una apuesta a que el mundo se acomode. La otra, a acomodarte tú.

La primera es ingenuidad. La segunda es la única ventaja injusta de alguien sin ahorros, sin pisos y con un auto donde ya no cabe su familia.

La positividad está muy manoseada y cada vez me da más urticaria. La de póster, la que niega los problemas, me parece peligrosa por ciega.

La que me sirve convive con todos los problemas del mundo. Los ve, los cuenta, se soba. Simplemente no los convierte en sufrimiento ni sentencia.

Cuando me siento imparable, veo más opciones y me sobra energía para perseguirlas. Cuando camino con titubeo y desconfianza, casi puedo oler el fracaso.

Sobre esta convicción no tenía datos. Ahora tengo algunos. Y no todos me dan la razón. Pero dudas, sigo sin tener.

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